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La normalización del asturiano

PEDRO MANUEL SUÁREZ MARTÍNEZ

No parece que mi última historia, defendiendo la libertad de expresión y la autonomía de la institución que mayoritariamente dijo 'no' a una eventual licenciatura en Filología Asturiana, haya agradado mucho a los partidarios de esta y a los de la cooficialidad del 'Asturiano normalizado'; y, por cierto, parece que ahora hay que añadir la del gallego-asturiano de occidente. O no entendieron lo que quería decir o lo entendieron a su manera, a tenor de ciertos comentarios. No quiero insistir en lo que me parece que dije bien y bien claro, 'sine ira et studio' ('sin encono y con reflexión'). Sí haré, en cambio, algunas consideraciones sobre algunos de esos comentarios que, pese a todo, parecen haber sido escritos más con ánimo de argumentar que de desautorizar por la vía del insulto. Me referiré a dos, en concreto: al de quien compara la situación de los dialectos asturianos con lenguas como el italiano actual o el español en sus comienzos y al de quien pone en solfa la importancia de las lenguas clásicas, a cuenta de su presunta escasez de alumnos, frente a la gran demanda que, supuestamente, tendría el asturiano. Esta 'pequeña historia' pretende dejar ciertas cosas relativas al primero en su sitio. Del otro comentario nos ocuparemos en la siguiente.

Vaya por delante una realidad incuestionable: el asturiano o bable y todas sus variantes existen y, que yo sepa, nadie lo niega. Vaya a continuación otra realidad, en este caso cuestionada y negada, quizá por ignorancia, pero asimismo incuestionable: la de que, como dije el otro día, el asturiano o bable y todas sus variantes son materia de trabajo en la Universidad de Oviedo: y se investigan y se enseñan. Y para rematar, en consecuencia, vaya por último una irrealidad, la gran mentira, la de que los 34 votantes que nos opusimos a la creación de una titulación en Filología Asturiana impidamos a los asturianos estudiar su propia lengua; lo único que hicimos fue expresar en conciencia y libertad nuestra oposición a que un 'Asturiano normalizado' se convirtiera en materia de una titulación tan artificial como la lengua misma que le daría nombre, equiparada a cualquier otra. Y esa es una razón puramente académica, pero respaldada por una realidad social a la que, en su mayoría, poco importa este asunto, a pesar del mucho dinero que nos cuesta.
Pasemos, pues, a la cuestión que nos planteaba una lectora. Si, por ejemplo, el italiano a partir de los años 50 del siglo XX parece haberse impuesto en una de sus modalidades, sin que hayan dejado de existir las otras, ¿por qué no puede llegar a ocurrir mismo con el asturiano? Y si el castellano convivió con otras lenguas en la Edad Media hasta que se impuso como lengua única en unas zonas o como alternativa en otras, ¿por qué no puede suceder lo mismo con el asturiano? Yo mismo puedo agregar dos ejemplos parecidos: los 'griegos clásicos', que propiamente no existieron, ¿no se convirtieron con el tiempo en una 'koiné' o lengua común, basada en el ático, con aportaciones por razones históricas de los demás dialectos jónico, dorio, lesbio, etcétera? ¿Por qué no puede acontecer lo mismo con el asturiano? Y el latín, lengua esencialmente rural, de cuya paupertas o pobreza todavía Cicerón se queja en época clásica, pues no puede expresar en ella sus conceptos abstractos, que él tuvo que reinventar, ¿no llegó a ser durante siglos la gran lengua común de occidente? Pues bien, digamos que, en teoría, sí puede ocurrir con el asturiano y sus variantes lo mismo que en las situaciones planteadas. Efectivamente, si sus hablantes llegan en determinado momento a tener una 'koiné' o lengua común que sirva de vehículo de expresión por encima de o incluso junto con algunas de las variantes existentes, la cosa estaría hecha. Sin embargo, esto es más que improbable, pues la situación del asturiano no es exactamente la misma que la de los ejemplos mencionados. La diferencia esencial es que ni los dialectos españoles, ni los italianos, ni los griegos, ni el latín contaban con la rivalidad de otra lengua 'más hecha' en la que fuera posible expresarse. Es más, la inmadurez del castellano era tal que el rey Alfonso X el Sabio, cuando quiso componer poesía, lo hizo en el dialecto que consideró que más estabilidad daba a su expresión: el galaico-portugués. Sólo con el tiempo y devenir histórico de la península se acabaron consolidando unas lenguas que prefirieron los escritores y que ellos contribuyeron a 'normalizar' con sus obras nacidas de las palabras de sus hablantes, al igual que Cicerón hizo con el latín. ¿Dónde está la literatura asturiana históricamente consolidada y normalizada capaz de expresarlo todo?
Tampoco los dialectos italianos contaban con la competencia de otra lengua. Su 'normalización' fue más sencilla: la llegada de la radio y la televisión acabaron imponiendo una variante mayoritaria, la toscana, respaldada por una gran literatura, que es la que se estudia y en la que se expresan los actuales escritores, con independencia de que sobrevivan otras variantes. Lo mismo pasó con el griego: el ático, dialecto en que se escribió lo más importante de la literatura griega, se enriqueció con aportaciones de otros dialectos que con el tiempo dieron lugar a la koiné de la que directamente deriva el griego actual. Fueron, pues, los hablantes y los escritores quienes impusieron un modelo, una koiné, por pura necesidad.
¿Y el asturiano? A la vista está que el asturiano, como un dialecto más del latín que es, no logró sino sobrevivir a duras penas a la concurrencia histórica del castellano o español, lengua con la que convive. Y la realidad es que, como decía Alarcos, el español es la lengua común de todos los asturianos y la que se usa para todo, mientras que el bable tiene un uso más restringido al ámbito rural, familiar y coloquial, que es donde verdaderamente pervive, razón por la cual ni ha tenido koiné, ni ha tenido una literatura de alcance, surgida de ella.
¿Qué ha hecho la Academia de la Llingua? Sencillamente, 'crear' ese modelo o 'koiné' del que carecían nuestros bables; un modelo que se han propuesto enseñarnos desde 'escolinos' para que sea común a todos los hablantes: y esa es, a la larga, una forma de 'imponerlo'. Ahora bien, tal modelo choca las más de las veces con la variante local, aunque, en teoría, 'se respete'; de modo que los verdaderos hablantes no se identifican con él. Y los literatos, que los hay y muy buenos, si ejercen su oficio al margen de ese modelo, según su propio criterio y variante, pueden no ser valorados como se merecen. Ahí está, entre otros, el ejemplo del gijonés Milio Rodríguez Cueto, uno de nuestros mejores escritores en asturiano, condenado al ostracismo por la Academia. ¿No es esto perjudicial para los verdaderos bables?
La próxima 'pequeña historia', al hilo de esta, tratará sobre la importancia del latín, lengua cuyos beneficios y utilidades malamente son apreciados, aunque nos sirvamos y vivamos de ellos constantemente.

(d'El Comercio, 18-08-2008)

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