JOSÉ IGNACIO GRACIA NORIEGA
A la vista de la polémica que vuelve a generarse con motivo de la «oficialidá» del bable (y el caso del bable o del panocho valen, a escala muy reducida, para el catalán, el gallego y el vascuence), conviene recordar que hay dos tipos de lenguas: la común, en la que nos entendemos todos, y la lengua más o menos «autóctona» que en algunos lugares se intenta resucitar o sencillamente inventar por motivos que exceden la mera comunicación: la nostalgia, en el mejor de los casos, aunque el artificio de las «lenguas autóctonas» encubre, sin que sea un secreto para nadie, intereses de definido carácter político, en un sentido separatistas, o, en los casos más leves, de justificación del carísimo e innecesario apaño del «Estado de las autonomías según mandato constitucional», que decía González. No entraremos en que tal «Estado de las autonomías» fomenta la insolidaridad en la apoteosis de la solidaridad que es la de España zapateril (de la misma manera que el ministerio de Igualdad se dedica a establecer de manera oficial las desigualdades entre la mujer y el hombre: sin ir más lejos, las bibliotecas para mujeres que excluyen los libros escritos por hombres) sino en un escándalo aún mayor: que ta tinglado sea incapaz de autofinanciarse y siempre se acabe pidiendo dinero a Madrid. Con las «lenguas autóctonas» o lenguas de lujo, sucede aproximadamente lo mismo. No las habla nadie, pero se pretende que se hablen por la vía de la «oficialidá»: esto es, que el Estado además de pagar las autonomías, cree los hablantes de cada una de las lenguas que justifican, en el aspecto ideológico (muy ideológico) y pseudocultural y pseudohistórico, a las mencionados autonomías.
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